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Divulgación

11/noviembre/2019

Sin espacio publico no hay ciudad, hay empresa lucrativa

Para explicar el título de este artículo, resulta oportuno hacer referencia a tres palabras vinculados entre sí: ciudad, cultura y espacio público[1].

La ciudad es un producto cultural, un sistema complejo, cambiante y abierto con una específica manifestación espacial y ambiental que se materializa de diferentes maneras durante un largo proceso, pero sin la posibilidad de estar terminado ni ser previsible porque, en el supuesto caso de que eso fuera posible, la sociedad habría desaparecido o literalmente, se habría paralizado. Todas las interacciones de dicho sistema se materializan en torno al espacio público, entendido en su más amplio y contemporáneo significado.

La cultura no es una demanda social que pueda ser satisfecha de persona en persona porque, ante todo, es un producto colectivo en permanente proceso de decantación. Una especie de sofisticado registro del comportamiento de toda la sociedad que se expresa de manera autónoma en múltiples testimonios.

Como experiencia del ser humano, la cultura es ubicua, a-histórica,  anti-jerárquica. Ninguna  manifestación del hombre, esté donde esté, es ajena a la historia del individuo. En cambio, como testimonio sobre un territorio específico (patrimonio cultural), da cabida a la diversidad, a la diferencia y hasta corre el peligro de ser convertida en factor negativo de discriminación, de segregación si es manipulado. Los estados, tienen esa propensión. 

El espacio público como propuesta comunicativa, intelectual y estructurada la formula Jurgen Habermas en los años sesenta del siglo XX. Como recurso operativo, contrario al espacio construido también tiene poco tiempo. En cambio el espacio urbano entendido como escenario espacial delimitado, en el que se realizan las actividades humanas es polisémico; al mismo tiempo es, continente y contenido. Es compartido por numerosas ciencias y disciplinas.

Para la Urbanística, disciplina que se encarga de hacer los planes de expansión y ordenación del territorio, el espacio público comenzó a entenderlo de manera simple como, el opuesto al espacio privado, sin embargo conforme la sociedad en todos los sentidos avanzaba, la construcción de la ciudad se hace cada vez más compleja en cuanto al número de factores de interrelación que en ella participan.

El espacio urbano ya no es lo que era. Ahora tiene una clasificación llena de matices contaminados por la economía mucho más que por el hombre. La vivienda y la ciudad ya no son solamente una necesidad básica sino también, un bien financiero.

En cualquier caso, el hombre es gregario, vive y vivirá  en sociedad y, para hacerlo, la ciudad ha resultado ser el producto social más sofisticado y eficaz, sin embargo no siempre eficiente, que se conoce, gracias a un componente imprescindible: lo que es de todos, ya sea en condición de vecino, de fleneur (Boudelaire) o de homo ciber.

En Celebration[2], núcleo urbano estadounidense con capacidad para 20.000 habitantes, todo es privado. Hasta el aire. En el sector con garantizada pureza, una mejor calidad del agua y acceso a los espacios de ocio, las viviendas son más caras. Aquí no existe el espacio público. En lugar de Alcalde elegido, hay un Gerente nombrado por la empresa. Así, la dimensión política ha sido reemplazada por la dimensión empresarial y financiera. En esta situación no puede considerarse una ciudad sino una gran urbanización, no igual pero parecida a las urbanizaciones cerradas existentes en otros países.

Desde el origen, el sapiens ha vivido en grupo. La procreación lo determina. La colaboración lo condiciona. La convivencia resulta indispensable y la ayuda mutua se impone como acción colectiva espontánea imprescindible ante las catástrofes o desastres naturales. Resulta lógico y verosímil que la tendencia del ser humano a vivir en grupo, sea una constante que evoluciona tanto como su entorno. En las huellas que perduran, los arqueólogos y otros especialistas lo evidencian.

Sin lugar a dudas, el espacio común, el espacio colectivo compartido tiene raíces anteriores al espacio particular. Es posible constatarlo tanto en Göbekli Tepe como en Katal Huyuc, levantadas en la Mesopotamia, hace once y seis mil años respectivamente. Hasta el momento son las más antiguas y embrionarias manifestaciones de la ciudad cuyo origen, Gordon Childe en 1.934, lo asoció al descubrimiento de la agricultura, o sea al período de transición del nomadismo (paleolítico) al sedentarismo (neolítico) y luego, al aparecimiento del estado como instrumento de control autoritario en la Mesopotamia y en Egipto.

Las polis griegas aunque estaban distantes entre ellas y, quizá por ello mismo, enriquecerán el contenido y el significado de los asentamientos humanos de la época, les dotaron de un sentido de pertenencia y de participación a través de la cultura: el idioma, las costumbres y los dioses. La mayor expresión estará en Atenas.

De ella, con su sentido práctico y operativo se alimentó el imperio romano. La pertenencia al imperio estaba concedido también por un modelo organizativo impuesto, de las vías, de los edificios y de las funciones que reproducían en todo el amplio territorio, la imagen del estado.

Es así como la ciudad consolidará la presencia de sus tres componentes indispensables: civitas (dimensión social) urbs (dimensión física) y a polis (dimensión política). Si no existe uno de los tres en un asentamiento humano, no será ciudad, será un testimonio arqueológico, un campamento o una simple urbanización pequeña o grande.

Sin el espacio público, o sea el de todos, no es posible una ciudad pero si una empresa lucrativa.

Autor: Jorge Benavides Solís.
Dr. Arq. Profesor Titular de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla.

[1] Jorge Benavides Solís: La Herencia Cultural. Conceptos clave para la protección. Amazon 2013:115.116.  Espacio Público: Ciudad y Espacio Público. Veracruz 2011: 29

[2] https://celebration.fl.us/